La partera que ayudó a nacer a medio El Fuerte

 

Imagen de una partera ayudando a dar a luz

Antes de que existieran hospitales, antes de las ambulancias y los teléfonos, cuando la vida llegaba de madrugada y sin avisar, en El Fuerte bastaba una sola frase para traer esperanza:

“Háblenle a la Panchita Pacheco.”

Cuando la vida nacía en casa

Hubo un tiempo en El Fuerte, Sinaloa, en el que los nacimientos no ocurrían entre paredes blancas ni bajo luces frías. La vida llegaba en cuartos sencillos, sobre camas de madera, rodeada de rezos, nervios, silencio y fe. En esos años especialmente antes de la década de los ochenta no había hospitales cercanos, y mucho menos accesibles para todos.

En ese tiempo, cuando una mujer entraba en labor de parto, la familia no pensaba en doctores ni clínicas. Pensaba en ellas: las parteras. Mujeres de conocimiento heredado, de manos firmes y corazón sereno, que llegaban a cualquier hora, bajo cualquier clima, con lo indispensable y con lo más importante: la confianza del pueblo.

Imagen representativa donde daban a luz las mujeres


Las parteras: pilares invisibles del pueblo

Las parteras no solo ayudaban a nacer.
Acompañaban, tranquilizaban, orientaban, cuidaban y, muchas veces, salvaban vidas. Eran parte del tejido social de El Fuerte, aunque rara vez aparecieron en documentos oficiales o reconocimientos públicos.

Ellas conocían los tiempos del cuerpo, los silencios de la madrugada, los llantos primeros y el suspiro de alivio cuando todo salía bien. No cobraban como un oficio moderno; muchas veces recibían lo que se podía dar: un plato de comida, una gallina, un agradecimiento eterno.

Gracias a ellas, medio El Fuerte vino al mundo.

“Háblenle a la Panchita Pacheco”

Entre todas esas mujeres valientes, hay un nombre que aún resuena con fuerza en la memoria de muchas familias:
Panchita Pacheco.

Así la conocía todo el mundo. No hacía falta decir más. No había títulos ni apellidos largos. Bastaba su nombre, pronunciado con urgencia y esperanza.

Vivía por la calle Emiliano C. García, y desde ahí partía cuando alguien la necesitaba. No importaba si era de madrugada, si llovía o si el cansancio ya pesaba en el cuerpo. Siempre estaba dispuesta a ayudar, así lo recuerdan quienes escucharon su nombre en voz de sus padres y abuelos.

Mi propia madre la mencionaba con respeto y cariño. Decía que era muy amable, que transmitía calma y que daba una confianza difícil de explicar. En momentos donde el miedo podía ganar, Panchita llegaba con serenidad.

La confianza como herencia

No cualquiera era llamada para asistir un parto. La confianza se construía con años, con experiencias compartidas, con vidas que llegaban bien a este mundo. Panchita Pacheco se ganó ese lugar sin necesidad de fama ni reconocimiento oficial.

Las familias la esperaban con alivio. Sabían que, al llegar ella, el ambiente cambiaba. Su presencia tranquilizaba a la madre, ordenaba a la familia y llenaba la habitación de una calma necesaria.

En El Fuerte, su nombre se convirtió en sinónimo de auxilio.
Cuando alguien decía “háblenle a la Panchita”, el mensaje era claro: todo iba a estar bien.

Partera alistando todo lo que se necesita para atender el parto

Una vida dedicada a los demás

No se sabe con certeza de qué murió. No hay registros detallados ni fechas grabadas en mármol. Pero eso no importa tanto como lo que dejó. Porque hay personas cuya verdadera huella no está en papeles, sino en la memoria viva del pueblo.

Panchita Pacheco vivió para servir.
Y aunque hoy no sepamos cuándo partió, su nombre sigue presente gracias a quienes la recuerdan, como mis padres, como muchas familias que saben que llegaron a este mundo gracias a manos como las suyas.

Un homenaje a todas

Este relato no es solo para Panchita.
Es para todas las parteras de aquel tiempo, para las que caminaron calles de tierra, para las que enfrentaron noches largas, para las que ayudaron a nacer cuando no había hospitales ni certezas.

Es para esas mujeres que fueron ciencia empírica, fe, experiencia y humanidad en una sola persona. Para las que nunca pidieron aplausos, pero merecen todos.

La memoria que no debe perderse

Hoy, en tiempos modernos, es fácil olvidar cómo llegamos hasta aquí. Pero basta escuchar a nuestros padres para entender que la historia también se construye con gestos humildes, con oficios silenciosos y con personas que dedicaron su vida a los demás.

Mientras alguien diga su nombre, mientras alguien recuerde aquella frase “háblenle a la Panchita Pacheco”, su legado seguirá vivo.

Porque El Fuerte no solo se sostiene sobre piedra y adobe.
Se sostiene sobre historias como esta.

Partera ya con el bebe en brazos


No cuento historias, las hago vivir.
El Narrador Colonial.



Comentarios