📖 Relato: La Luz del Cigarro en la Carretera

 

Hay noches que se quedan grabadas en la memoria como si hubieran sido escritas con fuego. No importa cuántos años pasen ni cuántas historias uno cuente: algunas simplemente se niegan a abandonar el alma.

Tenía apenas ocho años cuando viví un episodio que, hasta hoy, no he logrado explicar… ni olvidar.

🌙 La carretera sin nombre

Por aquel entonces, la carretera que conectaba El Fuerte con Los Mochis era apenas una promesa: terracería irregular, maleza alta, montes silenciosos y un cielo tan negro que parecía tragarse la luz. No había postes, ni lámparas, ni señalización. Solo el rumor del viento y la certeza de que, cuando el sol se ocultaba, comenzaba otro mundo… uno donde lo visible dejaba de serlo.

Aquel día habíamos ido al hospital del IMSS por una consulta para mi madre. Entre trámites, esperas y pasillos fríos, se nos hizo tarde. Cuando salimos, el reloj marcaba poco más de las seis de la tarde, pero en invierno esa hora ya era territorio de la noche.

La temperatura descendía rápido. Mi aliento salía en pequeñas nubecitas y el silencio de los caminos rurales tenía un peso especial, como si cada árbol observaba en silencio nuestro paso.

🕯️ La aparición

Caminábamos con prisa, aunque sin saber muy bien hacia qué punto seguro. La carretera, sin pavimento, se extendía como un sendero perdido entre sombras. Fue entonces, en medio de aquella oscuridad absoluta, cuando lo vimos.

Un joven caminaba hacia nosotros.

Lo extraño no fue su presencia, aunque ya de por sí era inquietante, sino la única luz que lo acompañaba: un cigarro encendido, cuya brasa roja ardía intermitente, iluminando apenas su mano izquierda y un pequeño círculo de aire alrededor.

Cuando nos cruzamos con él, habló con una voz suave, casi dulce, pero firme:

Buenas noches. Si están perdidos… síganme.
Solo sigan la lumbre del cigarro.

Mi madre agradeció con un gesto. Yo, siendo apenas un niño, sentí un escalofrío que me recorrió la espalda. Me aferré a su brazo como si al soltarlo pudiera caer en algún abismo invisible.

El joven no dijo más. Simplemente se adelantó, y aquella pequeña luz roja comenzó a oscilar frente a nosotros, marcando nuestros pasos.

🔥 La caminata silenciosa

Caminamos así durante un buen tramo. No escuchábamos sus pasos, no veíamos su rostro, ni su ropa, ni su sombra.
Solo esa brasa roja, flotando a la altura de un pecho humano, encendiéndose y apagándose al ritmo de sus inhalaciones.

Cada vez que el cigarro brillaba, alcanzábamos a ver, por una fracción de segundo, la forma de su mano… una mano delgada, casi pálida, como si la luz quisiera revelarla y esconderla al mismo tiempo.

La carretera seguía siendo oscuridad pura. Los caminos rurales tienen su propio lenguaje, y esa noche hablaban con un silencio inquietante. Pero donde quiera que aquella luz avanzaba, nosotros la seguíamos, confiando en que nos llevaba hacia algún lugar más seguro.

A veces parecía alejarse un poco, luego se detenía, como si el joven esperara a que le diéramos alcance. Nunca se volteó. Nunca habló.
Solo fumaba.

El punto iluminado

Después de caminar un trecho, vimos algo que rompió la oscuridad: un pequeño resplandor amarillento a la distancia. Era la luz débil de un poste cercano a una paletería que solía cerrar muy tarde.
Un refugio en medio de la nada.

La brasa del cigarro se detuvo justo antes de llegar a la zona iluminada. El joven giró apenas el rostro, o eso nos pareció, y pronunció con voz tranquila:

Aquí ya hay luz.
Pueden seguir sin problema.

No hubo despedida. No hubo sonrisa. No hubo rostro.

Simplemente… dio vuelta hacia la izquierda.

Su silueta se sumergió en la oscuridad del monte. El cigarro brilló una última vez… y se apagó.
No escuchamos pasos alejándose. No vimos movimiento entre los arbustos.
Solo dejó de existir.

Como si hubiera estado allí únicamente para guiarnos.

🌑 Lo inexplicable

Mi madre y yo seguimos caminando con el corazón acelerado. Ambos sabíamos que algo extraño había pasado, pero nadie quería decirlo en voz alta.

Cuando llegamos frente a la paletería, la encargada, una mujer amable que conocía a medio pueblo— nos dijo:

¿A poco venían solos?
Por aquí nadie pasa a estas horas… menos caminando.

Mi madre solo sonrió nerviosa.
Yo volteé hacia la carretera oscura.
No había nadie.

Cada tanto, en el camino de regreso a casa, uno vuelve a pensar en esa luz, en ese cigarro que parecía flotar en la noche. ¿Era un ángel? ¿Un espíritu? ¿Un alma perdida que encontró en nosotros una razón para aparecerse?
O quizá… ¿un protector del camino?

No tengo respuestas.
Solo sé que aquella noche, entre el frío, la oscuridad y el silencio, alguien nos guio hasta la luz sin pedir nada a cambio.
Y hasta hoy, cada vez que pienso en aquella brasa roja iluminando el camino, siento lo mismo que sentí a los ocho años:

Que lo sobrenatural camina entre nosotros… sin hacer ruido.


“No cuento historias, las hago vivir.”
El Narrador Colonial.




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